16 de juliol de 2011

A MI MADRE, SIEMPRE.



Un viejo y un perro viejo, sentados los dos en un viejo banco de tren esperando a la Parca, quizás, con la mirada puesta en un horizonte ilimitado e irreal.
El agua de la fuente cercana suena a vida, los pájaros cantan mientras los niños juegan en el parque mirando los segundos avanzar, imparables, hacia a la cercana muerte viajera, impertérrita, imperturbable e inequívoca, ladrona de sueños, caminante sin prisa pero sin pausa, Asesina sin Nombre.

El aire huele a jazmín y madreselva y el sueño atroz de poseer un cuerpo me persigue mientras corro, solitario, por sendas tortuosas, desconocidas, pero siempre transitadas, hacia la torre de marfil, refugio seguro, donde habito, en estancias separadas por la esquizofrenia, desde tiempos atávicos, perdidos en la Historia y la memoria se niega a discernir, aunque sea para aliviar los ataques de justificación exigidos por la conciencia aún despierta, un simple respiro o una simple cita de algún famoso autor que reconozca el estado donde existo.

El aire huele a azul, azul de julio,  y todo sigue igual, sin cambio alguno, a pesar del calor y las congojas.

Veranos de Silencio, de Soledad Sonora, de Ignorancia y de Tedio. Absurdo tiempo en que espero, aún, ser reclamado por una sombra verde de esperanza, mientras las notas del “Stabat Mater” de no sé qué autor barroco suena y el calor aumenta las angustias y el agua fría no sirve ni para regar macetas.

Tendido a mis pies duerme mi perro, el amigo más fiel que nunca tuve y que padece enfermedades incurables que sólo el tiempo se encargará de conducir a profundos agujeros en tierras amigas de descansos eternos. El miedo se torna angustia por una soledad nunca querida que regresa, cual fantasma, a visitar el miedo adormecido. Y la música suena llenando la casa de tristeza, de lágrimas vertidas sin quererlo, de adioses inevitables, de deseos de huir hacia ninguna parte. Dichosa Noche Oscura que conduce al encuentro del Amor tan deseado.

Evitando sonrisas sin sentido, saludos aburridos a gente aún peor; intentando abrir pasos de gigantes al silencio de un viernes, puerta abierta de un fin de semana infame. Caminante de sendas tortuosas que conducen al cisma, con la vida llevada, soportada quizás por las imposiciones de los dogmas actuales. El teléfono no suena;  el alma se inquieta, se disgusta.

Que los antiguos recelos huyan lejanos, que la desgana pase de largo y que los miedos mueran, asesinados por sus propios temores. Que la Vida sea breve, que el Dolor no nos torture, que las brisas duren eternamente jóvenes anunciando la nueva primavera. Que el Dolor huya presto, que las flores florezcan.

Un frío viento de verano ha entrado en mi casa, mis huesos, hartos de soportarme, han absorbido al aroma a humedad reciente y mis ojos se nublan ante la espesa niebla que hoy me acoge, sabiéndome miseria, abandono, soledad.

Ya nada sabe a flores, a jazmines ni a limones, ni a pimientos asados por las tardes de manos de una abuela que nunca más vendrá a enjugar unas lágrimas estériles fruto de la desidia y la estupidez. La madre sigue muerta, inerte, abandonada y distante de los acontecimientos. La madre ya no existe. La vida se la tragó.

Un fatídico diecisiete de julio se fue la madre, sin despedirse, sin el tan deseado beso de buenas noches o el saludo matinal que la caracterizaba. Se fue la mujer proletaria, la trabajadora incansable de su casa y de su historia y la Soledad y el Miedo llegaron en su marcha. La tristeza fatal habita hoy los sitios que debiera ocupar la figura materna y su imagen, aún viva, aparece ante mí incluso en sueños.

Pobres palabras para agradecer lo mucho que hizo, que luchó,  por mi. Ahora sólo espero ese cálido abrazo que nos reunirá, de nuevo, para siempre. Mientras llega, enviar un gran beso no sé si será suficiente, aunque mi necesidad de enviarlo lo envuelve en un gran Abrazo de amor, sabiendo seguro que lo recibe sonriendo, con aquel mismo amor que compartimos durante tantos años.

A mi madre, siempre.

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